LA CHICA DEL CRILLON PDF

Dejando un rollo de manuscritos sobre la mesa, dijo: -Me han ocurrido cosas extraordinarias, las que confieso en este diario. No soy poetisa. Creo que mis confesiones constituyen una novela ms interesante que aquellas que las nias del Crilln leen en la cama, comiendo chocolates. Estdiela, y si la cree buena, publquela. Iba a decir algo, cuando la bella desapareci. No la vi jams, ni la he vuelto a ver.

Author:Fenriktilar Gakree
Country:Monaco
Language:English (Spanish)
Genre:Environment
Published (Last):18 April 2004
Pages:147
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Dejando un rollo de manuscritos sobre la mesa, dijo: -Me han ocurrido cosas extraordinarias, las que confieso en este diario. No soy poetisa. Creo que mis confesiones constituyen una novela ms interesante que aquellas que las nias del Crilln leen en la cama, comiendo chocolates.

Estdiela, y si la cree buena, publquela. Iba a decir algo, cuando la bella desapareci. No la vi jams, ni la he vuelto a ver. Es verdad que no frecuento los sitios donde va el gran mundo. Despus, le el diario y qued sinceramente estupefacto. Si la novela est ligada a la ciencia y a la sociologa, sta contiene un valor inapreciable.

Se trata de nuestra poca, vista en su entraa, aparte de la aridez de la estadstica, del grisceo abanderamiento de la poltica y de la confusin de pretensiones literarias.

Tengo el deber de publicarlo, y lo hago sin reservas, desde el momento que la autora disfraz su nombre y el de las personas que intervinieron directamente en su vida. De otra manera, el caso sera motivo de escndalo. Para el caso dir que me llamo Teresa Iturrigorriaga, y ser la nica mentira de mi narracin. Uso un apellido vinoso y sin vino, es decir: soy aristcrata y sin plata. Vivo con mi padre enfermo y una vieja cocinera, a quienes mantengo.

Antes ramos ricos y habitbamos un palacete de la calle Dieciocho, en cuyo jardn cantaban los pjaros; ahora vivimos en el extremo de la calle Romero, y los arpegios areos han sido reemplazados por las actividades de los ratones en el entretecho.

Nos rodean los cits y conventillos; las casas de adobes tienen parches, grietas, y se apoyan unas en otras como heridos despus de la batalla. De noche se escucha el tamboreo de la cueca, pulso del arrabal. Yo no puedo decir a mis amigas dnde vivo y me veo impulsada a ocultar este domicilio. Se vive de apariencias, y la pobreza va estrechamente unida al prestigio. Esta calle tiene una parte buena y otra dudosa; nosotros vivimos justamente donde termina la una y comienza la otra, hacia la parte de Matucana.

Decir que sufro de nuestra pobreza sera falso; la oscuridad es una prueba segura de que luego saldr el sol. Vivir es esperar. Por las maanas hago la compra, mezclndome a regatear entre las comadres.

Despus voy a zambullirme en los chismes asoleados del centro. Ningn santiaguino dejar de injuriar al centro, ni de ir dos veces al da. Nos conocemos desde pequeos, hasta saber cuntos lunares tenemos, y an queremos conocernos ms, hasta hastiarnos mutuamente y destruirnos.

De tanto verse la gente cambia miradas rabiosas y saludos como escupos. Las seoras con hijas casaderas se vuelven jabales. El centro es la selva, el campo de batalla, el infierno o el cielo. Pero no dejamos de ir jams. Yo morir centrera. Me quedo como boba mirando escaparates, donde los gneros son lindos y suaves, las blusas leves y aladas, los zapatos como bombones, y los sombreros tan pequeos y graciosos que parecen tapas de polveras; maquillaje hay tanto como para estucar la Universidad Catlica.

Se habla de crisis, pero al mismo tiempo se abren candromos y bares, donde cabros y veteranos desafan al venenoso gin nacional.

Este verano habr flores a montones. Las epidemias se pegan como lapas a esta tierra de clima hostigoso de puro bueno; el cementerio florido se abre para tragar montones de apestados; es uno de los cementerios ms hermosos del mundo, y se muestra a los turistas, as como el Teatro, el Hpico y el Club de la Unin. Con sus porteros, sus anchas puertas llenas de pblico, sus carritos para las maletas de cadveres, y sus buzones para las tarjetas, parece una estacin ferroviaria.

Nunca se vio tanta gente en los teatros, en la Bolsa, en los bares y en el cementerio. Esto ltimo proviene de que el piojo es apoltico: lo mismo ataca a un Errzuriz que a un Verdejo. Mi vida se divide en dos fases: en la maana salgo a comprar, de bata; despus hago la comida o remiendo tiras. Las vecinas conocen mi escasa ropa y, cuando me ven pasar, hacen guios y me llaman: la de la bata crema.

No saben quin soy en la calle Romero. Al atardecer me quito la bata, me pongo el traje caf o el negro y salgo de estos cits y conventillos para penetrar en el centro. Habr muchas falsas seoritas como yo, que no quieren perder el bro del mundo y las costumbres sociales. En el centro vuelvo a ser la Teresa Iturrigorriaga, parienta de polticos, de cosecheros, de abogados.

Mis padres, mis abuelos, mis tatarabuelos fueron ricos, por eso s hacerme la oligarca, aunque vivo al da, con todos los Pgina 3 de Joaqun Edwards Bello La Chica Del Crilln inconvenientes y ninguna de las ventajas de las ricas. No hay plata, pero me las arreglo y le digo al pap que trabajo a contrata en un departamento fiscal.

El arrabal tiene tambin sus encantos; aqu los ojos de los pobres no tienen esos resplandores de odio que los alumbran en el centro, hacindolos parecerse a los ojos de los lobos.

Me creen una de la multitud y me miran pasar sin pasin. Desde pequea estuve predispuesta a lo humorstico. Huyo de las discusiones, cuyos resultados me parecen dudosos, y compro dcimos de la lotera, que, al decir de pap, es lo nico sobrenatural y lrico que va quedando. Mi apellido es demasiado aristcrata para que me den trabajo en estos tiempos; las revoluciones ideolgicas han desacreditado a la clase alta, quitndole medios para demostrar que todava sirve para algo.

Largo sera contar cmo me las arreglo para vivir. Vender un bibelot comprado de ocasin es lo mejor que puedo hacer. La comida y los zapatos no estn caros, pero la ropa, la casa y el maquillaje, por las nubes. Afortunadamente, soy lo bastante joven para poder pasarme de los procedimientos radicales de la coquetera, tales como el rimmel y los lpices Dorin. Las medias son mi obsesin. Cuando se hace vida de sociedad y se tiene a la vez un padre que mantener, la vida es dura.

Pobre pap! Despus del ataque ha quedado diferente; su piel tom un color tabaco; sus labios recuerdan rara vez una antigua costumbre de sonrer. La parlisis le atac los nervios motores, lo cual llaman ataxia locomotriz. Lo obliga a andar a paso de parada. Castigo refinado para l, que fue siempre francfilo, obligarlo en la vejez a marcar el paso prusiano. El pobre pap no fue una cabeza fuerte, y ha debido tener aventuras, lo cual me explico por su viudez. Debo decir que mi madre muri tres aos despus de nacer yo.

El pap procur suplir a las consideraciones maternas, y aun ahora, cuando recuerda la venida al mundo de un nuevo vstago del to Manuel, dice: "La guagita que lleg de Europa". Recuerdo una vez, en el centro, me llevaba de la mano y se acerc a l una mujer, algo enojada a juzgar por sus gestos.

Mi pap me miraba a hurtadillas y procuraba impedirme escuchar algunas palabras vehementes de esa mujer, acaso celosa. No me di bien cuenta. Otra vez, en uno de sus das de santo, me aprend versos de memoria tena yo ocho aos y compr unos pasteles para llevarle. Al entrar con esos regalos en su cuarto, la empleada que me acompaaba no supo qu decir, mirando de uno a otro lado.

El pap no estaba, y la cama, sin abrir, probaba que no lleg esa noche a casa. Pocos aos despus tuvo el ataque y la postracin. Pasa recostado la mayor parte del tiempo, mirando vagamente con sus ojos de gato herido. A veces hace sus escapadas misteriosas, o conversa en la puerta con una dama, tan embozada, que nunca pude verle la nariz.

Recibe poqusimo dinero. Yo hago creer, para ayudarlo, que estoy en algn Ministerio, a contrata. Si no fuera por la comisin en una casa que vend hace poco, ya estara pidiendo la presencia de una visitadora social. El negocio de compraventa se ha broceado y yo me pregunto qu ser de maana. As vivimos, desde el da en que el pap tuvo su ataque y se arruin. Rematamos la casa y los muebles! Una maana de junio, lloviendo, vi salir mi camita y mi peinador en una golondrina.

De ah nos fuimos a la calle Catedral, y, no pudiendo pagar, hemos bajado a esta calle Romero. Mi pap vendi la mina a un comerciante alemn de Concepcin. La mina estaba agotada; al menos as crey mi padre; pero el alemn comenz a socavar debajo del agua y a sacar carbn submarino. Mi pap alega que l vendi slo la parte de tierra, sin mencionar sus derechos submarinos, de manera que todo lo que el alemn saca del mar nos pertenece.

En efecto, la escritura de venta no contiene nada respecto de los derechos martimos. Con tanto Presidente que ha pasado por La Moneda, estamos desorientados, porque es necesario tener abogados presidenciales si uno quiere ganar pleitos.

Estbamos seguros de ganar con el Presidente X, pero se fue al tacho, y sus abogados le cobran al pap lo que le adelantaron cuando eran presidenciales. Hemos propuesto transacciones al alemn, sin resultados, pues ste asegura que compr la mina por arriba y por abajo.

Ahora el pap vive esperanzado en otro Gobierno, ms amistoso y familiar, que permita anular el negocio. Debemos tres meses de casa, a doscientos. Apenas conservamos el armario de comedor, otro de luna, una mesa coja de lamo y cuatro sillas. Mi camita virginal, laboreada, se fue una maana con mis sueos de rica. La reemplaz un filosfico catre de fierro. Reloj no tenemos, pero si nunca falta un tonto con fsforos, tampoco escasean los signos sonoros que nos advierten el paso fugitivo del tiempo.

Me guo por el despertador de una obrera, que rompe a las seis de la maana con un aire de Saltimbanqui. El primer ruido en la casa es el de mis pies en las tablas del suelo, cuando salto de la cama; me agrada tener todo muy aseado; voy de un lado a otro, a la cocina, al comedor, hago el fuego, vestida con mi bata y zapatillas. La Rubilinda, una cocinera vieja, que conoci al pap desde joven y asisti a mi madre hasta su muerte, sufre de reumatismo.

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Dejando un rollo de manuscritos sobre la mesa, dijo: -Me han ocurrido cosas extraordinarias, las que confieso en este diario. No soy poetisa. Es verdad que no frecuento los sitios donde va el gran mundo. Vivo con mi padre enfermo y una vieja cocinera, a quienes mantengo. De noche se escucha el tamboreo de la cueca, pulso del arrabal.

CARLOS ASTRADA EL MITO GAUCHO PDF

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